Mira quien grita

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Rayma Suprani,César Miguel Rondón y Leonardo Padrón recrean fotográficamente el hábito por el cual fueron reprendidos en su infancia, y tres psicólogos exponen argumentos para que los mayores no desesperen ante las pataletas de los pequeños.

Cuando comienza un berrinche, también se inicia un desafío para el adulto. Es un escenario que permite precisar de qué está hecho el autocontrol de unos padres que no pueden permitirse, en ningún caso, dejarse arrastrar por el deslave emocional de sus hijos.
Ante semejante volcán en que puede convertirse la reacción del pequeño ángel de la casa, los padres deben contrarrestar con ecuanimidad, a veces echando mano de las matemáticas: contar hasta 10. Despacito. Dicen los psicólogos que la técnica funciona. Mientras se enumera, también se respira. Profundo. Como cuando se ha zambullido en una piscina para presumir de resistencia, pero saliendo a flote. Se supone que la calma retorna antes de llegar al décimo dígito.

Si no funciona, hágalo hasta 50. Y, ¡cómo no!, vuelva a respirar. Esta vez con la seguridad de que la rabieta, sonorizada con un llanto de alto decibel, tiene una explicación que el adulto no ha logrado comprender.

Antes de seguir en un conteo mayor -o de tirar la toalla- atienda las pautas de tres reconocidos psicólogos. Entonces, luego de esto, los padres estarán mejor preparados para librar el próximo reto que le impongan sus bebés.

¡NO QUIERO MÁS! (La pataleta de Leonardito Padrón, futuro escritor)
El rechazo a los alimentos es un clásico. “Si ha quedado algo de comida, los padres deben retirar el plato y, de forma autocontrolada, pedirle al niño que informe cuando esté preparado para comer. Además, hay que darle las herramientas para que limpie lo que ha ensuciado. Al pequeño hay que disciplinarlo, pero sin equivocarse. Por ejemplo, prohibirle ver televisión cuando ha botado la comida no es formativo porque no hay vinculación entre la infracción cometida y la sanción. En ese caso, el niño debe esperar hasta la siguiente comida”.

PATALETAS EN PREGUNTAS (Y RESPUESTAS)
La psicóloga y psicoterapeuta Franca Trezza, profesora de la cátedra Gerenciando las emociones, de la escuela de Psicología de la UCV, abre una suerte de consultorio sobre un tema que no por familiar deja de ser social.

Así que, una vez aclarados los siguientes conceptos, padres, representantes o responsables no se dejen aturdir por el estallido de sus hijos.

¿Qué es una pataleta?
“Es una conducta ejercida por los niños, casi siempre para llamar la atención del adulto”.
¿Por qué ocurre?
“Hay dos razones. Una, para establecer una lucha de poder con los padres, para decir que tienen la razón y harán su voluntad, más allá de lo que diga el mayor. Y otra, para manifestar que algo en su mundo, físico o emocional, no está bien”.
¿Puede un niño de un año manipular?
“Aunque no tienen alevosía ni vocabulario, advierten que sus padres responden a lo que ellos quieren”.
¿Algunas pataletas podrían considerarse normales?
“Ninguna es normal. Cuando un niño recurre a esa opción es porque los papás tienen serias dificultades para transmitir normas a sus hijos. Vista así, la pataleta no entra en el terreno de lo sensato”.
¿Pueden los niños llegar a autoagredirse?
“A veces se golpean la cabeza contra la pared. Algunos se dan puñetazos en la cara. Otros se arañan. Son formas de llamar la atención. Lo que está de fondo es que no han aprendido a gerenciar su rabia”.
¿Todos los niños tienen pataletas?
“No. Depende mucho del hogar en el cual se han formado. La norma está clara cuando los padres estructuran lo que debe o no hacer el hijo. Y esa claridad funciona, incluso, para los niños opositores. También en aquellos con trastornos por déficit de atención con hiperactividad, que no siempre controlan su conducta por razones neurológicas. En resumen, la pataleta es una elección conductual del niño”.
¿Hasta qué edad se presentan?
“Se ve más en los pequeños de hasta cinco años. Mientras más grande es un niño con berrinches más inmaduro es emocionalmente”.
¿Qué deben hacer los padres?
“No ceder. Si lo hacen, entonces transfieren el poder al niño y, a su vez, refuerzan la conducta convirtiéndola en hábito. Si estos, en cambio, son firmes, evitan que el pequeño la guarde en su repertorio de conductas”.
¿Qué reflexión sobre sí mismos pueden sacar los padres de las pataletas de sus hijos?
“Que el niño no solo está frustrado o desatendido en alguna necesidad fisiológica sino que algo pasa en esa pareja, que no logra ponerse de acuerdo en algunas normas, especialmente con las que debe seguir el hijo. La sincronía es necesaria también en los padres divorciados”.
¿Y si los padres emiten órdenes distintas?
“El niño interpreta que es fácil transgredir la norma. La idea es que los padres enseñen a sus hijos a funcionar en la vida de manera sana, sin dar posibilidad a que piensen que es necesario recurrir a la manipulación para mostrar su malestar”.

¡ESTAS PAREDES SON MÍAS! (La tremendura de la pequeña Suprani, futura caricaturista)
“A veces los niños rayan las paredes por rabia y, en otros casos, por creatividad. En ninguno de los dos escenarios está bien”, evalúa la psicóloga María Eugenia Suels. “Debe brindárseles opciones y reglas. Por ejemplo, habilitar una pared para esos fines. Lo más importante es que los padres tengan una estrategia sobre qué hacer”.

La especialista recomienda decirle al niño que se expone a una consecuencia. “Si es un bebé de un año, quizás no. Pero si es más grande debe dársele una esponjita para que limpie la pared. Si está furioso, debe ser sacado de ahí y hacer lo que se llama tiempo fuera (enfrentarlo a otra situación). Es importante no quitarle los objetos con rabia, ni pelear ni forcejear”.

Un consejo para padres es recurrir al anclaje. Se trata de una estrategia que permite al adulto mantenerse centrado, para que las emociones no lo abrumen. Para concretar el anclaje -explica María Eugenia Suels- la persona debe pensar en algo que le resulte agradable, que le genere tranquilidad y relajación, y esa sensación debe vincularla con un elemento externo, como tocarse una mano. Así que cuando ocurra la pataleta, el adulto repite su toque en la mano y automáticamente recuerda la sensación de bienestar. Mejor aún, no pierde el control.

“El tono de ruego de los padres cuando hablan al pequeño refuerza las pataletas. No debe olvidarse que toda emoción desbordada es vulnerable para la manipulación de otro. Deben hablar serenamente”.

NO SIEMPRE ES MANIPULACIÓN
Diferente es el discernimiento de Antonio Pignatiello, psicoanalista y magister en Psicología del Desarrollo Humano de la Universidad Central de Venezuela: “La pataleta no es una forma de manipulación ni una forma de llamar la atención”.

Y entonces, ¿de qué se trata tanto desbordamiento emocional? Pignatiello opina que el berrinche puede reflejar varias posibilidades. Por ejemplo, que el niño no logra hacer bien algo. O que atraviesa alguna diferencia con un compañerito. Puede ser una necesidad personal que el adulto se niega a satisfacer. O una pauta impuesta por los padres y que él no puede llevar a cabo (o no quiere).

En síntesis, al niño le pasa algo. Y ese algo es lo que debe determinar el adulto, muchas veces considerado única víctima en este asunto. “Con frecuencia, los padres demandan más de lo que el niño puede dar -reitera Pignatiello. O involucran a su hijo en un ritmo de vida ajetreado y estricto. Los padres deben asimilar que el niño experimenta un proceso evolutivo en el que apela a su yo individual para construir su autonomía”.

Pero el descontrol infantil puede ser generado por un contexto hostil. Es el caso cuando los padres viven ansiosos por rutinas de vida muy exigentes. O cuando un hogar se maneja con criterios de disciplina excesivamente punitivos. Nada de esto ayuda. “El pequeño asimila el componente de rabia como cotidiano dentro de una familia donde sus miembros se manejan de forma inadecuada frente a la frustración”.

Hay quien dice que la mejor respuesta es no prestarle atención a un niño. El especialista está en desacuerdo. “La pataleta es la expresión de malestar y cuando se acumula se manifiesta en cualquier momento. Por eso, hay que reflexionar sobre los efectos a largo plazo que trae obviar el comportamiento del pequeño. Aunque un adulto puede neutralizar el llanto, la frustración aparecerá más adelante”.

Según Pignatiello, hay que ponerse en los zapatos infantiles. Ejercer la empatía. Es clave preguntarse, ¿por qué está tan rabioso el niño? Ese ejercicio ayuda a comprenderlo. “Los padres deben asumir que la pataleta no es una amenaza a la autoridad”.

¡BUUUUUAAAAAJJJJJJ!
“En los casos de show público, una respuesta acertada es ignorarlo y seguir caminando. El niño gritará más y lo observará toda la gente que se encuentre en el lugar. Si prolonga el berrinche, debe apartarlo del sitio”, opina Franca Trezza.

En ocasiones funciona que los padres lo abracen, pero cada niño es una historia. Lo que marca la diferencia es el tipo de relación de padres e hijos.
“Si el escenario de la posible pataleta es el supermercado, los mayores deben adelantarse. Funciona hacerle una pequeña lista para que ayude a encontrar alimentos, por ejemplo, queso, leche, galletas o jugos”, dice Suels sobre una experiencia personal con su hija. “A las actividades con los niños hay que buscarles creatividad y diversión. Si se trata de niños muy pequeños se aconseja dibujar los artículos con colores. Así, interactúan de forma interesada”.

Si a un niño le gusta acudir a un centro comercial, pero en su última visita se portó mal, la sanción es no llevarlo la próxima vez y dejarlo con alguien en casa.

Cuando es especialmente llorón, seguramente es porque los padres han reforzado ese hábito. Lo sensato es que le digan que es difícil entenderlo y que lo pida claramente cuando se tranquilice.

Franca Trezza aconseja que después de cumplida cualquier sanción, el adulto debe sentarse a hablar con su hijo sobre lo que le ha molestado. “El objetivo es que ponga en palabras lo que siente para que haga contacto con sus emociones y las exprese de manera adecuada”.

¡PÁJARO PICÓN, PICÓN!  (Y para variar,  una del travieso César Miguel, hoy periodista )
Aprovechar un descuido de las amigas de su mamá para echar una indiscreta miradita debajo de las faldas, le trajo algún regaño a Rondón. Franca Trezza extiende este consejo: “Uno tiene que corregir al niño en el momento, pero no de manera impulsiva, enseñando el respeto”.

La sugerencia es que la mamá lo llame a un sitio aparte, solicitando permiso de forma discreta a los presentes. Avergonzarlo públicamente es afectar su autoestima. No hay que olvidar que ese comportamiento es una curiosidad sexual propia de los varones y menos de las hembras. Es algo normal. Lo inadecuado es la impertinencia, el modo de espiar.

Si se ha acordado que el niño se quede en el lugar, debe asignársele una pauta, como escribir o dibujar. Hacerse de la vista gorda es naturalizar una conducta, con el riesgo de perpetuarla.

Coordenadas
* Franca Trezza
Correo: francatrezza@hotmail.com

* María Eugenia Suels
Correo: mesuels@gmail.com

* Antonio Pignatiello
Correo: antonio.pignatiello@gmail.com

* Cabello y maquillaje
Carlos Obregón

* Juguetes
Quincalla Zoco y particulares